La noticia del cierre de Fate, una empresa con 80 años de historia, no es solo un titular más en la crónica económica, sino un síntoma alarmante de los desafíos estructurales que enfrenta la industria nacional. La familia Madanes Quintanilla baja la persiana de una fábrica icónica y con ella se pierden 920 puestos de trabajo, pero también se apaga un pedazo de la identidad productiva del país.
Entre la apertura y el abandono
Este cierre no es un hecho aislado, sino la consecuencia de décadas de políticas fluctuantes, de un contexto industrial que ha visto cómo la apertura irrestricta de importaciones, la carga impositiva excesiva y la falta de protección real a la industria local erosionan su competitividad. Fate no solo fue víctima de una invasión de neumáticos chinos, sino de un escenario en el que producir localmente se ha vuelto, en sus propias palabras, insostenible.
La responsabilidad compartida
Es fácil culpar solo a factores externos, pero también es momento de mirar hacia adentro. La rigidez de ciertas estructuras gremiales, la falta de innovación sostenida y una visión a largo plazo que muchas veces brilló por su ausencia han contribuido a este desenlace. Hoy, la planta de Virreyes cierra no solo por la competencia externa, sino porque el entramado productivo argentino no supo o no pudo sostener un entorno viable para empresas centenarias.
Una despedida que duele
El cierre de Fate es, en definitiva, una señal de alerta. No es solo el fin de una fábrica, es un recordatorio de que sin políticas industriales claras y un compromiso genuino con la producción nacional, cada cierre se convierte en una herida profunda en el tejido socioeconómico del país.
