IA y Medicina: ¿hacia dónde vamos?

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Cada día aparecen nuevas predicciones de los gurúes de la inteligencia artificial sobre los oficios que van a desaparecer por el avance de esta herramienta. Y lo más llamativo es que muchos dan por hecho que, en “pocos meses”, esas proyecciones serán una realidad. ¿Será realmente así?

Pertenezco a la generación que aprendió computación con la Commodore 64, lanzada en 1981, cuando ya había terminado la carrera de medicina, y conocí Internet en 1994. Todo mi desarrollo profesional estuvo atravesado por la necesidad de mantenerme actualizado tecnológicamente. En ese recorrido aprendí algunas cosas.

Los baby boomers crecimos convencidos de que el desarrollo científico y tecnológico nos ayudaría a vivir más y mejor. Y en gran medida lo logró. Pero también comprendimos que el progreso no está exento de efectos colaterales.

Una película que marcó a toda una generación fue 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, basada en El centinela de Arthur C. Clarke. Allí aparece HAL, una computadora que toma decisiones propias, incluso contradiciendo a la tripulación, aunque respetando las consignas de sus programadores. Esa tensión termina poniendo en riesgo vidas humanas y anticipa un problema central: cuando las máquinas ejecutan sin matices la ética de quienes las diseñan.

La inteligencia artificial no tiene autonomía moral. Su ética es la de sus creadores. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿en manos de quién queda esa ética?

La misma película, además, proyectaba un futuro en el que, en pocas décadas, viajaríamos por el universo en naves tripuladas por humanos y conducidas por supercomputadoras. Nada de eso ocurrió. Y no sabemos cuándo ocurrirá.

La primera conclusión es clara: los cambios no siempre son tan rápidos ni sus consecuencias tan inmediatas, y muchas veces no conducen a los resultados que imaginamos.

La IA llegó para quedarse, nos guste o no. Hoy podría usarse para escribir este artículo —aunque prefiero la lapicera y el papel—, para curar enfermedades o para perfeccionar la capacidad destructiva de las armas. La herramienta es la misma; el uso depende del ser humano.

Si la IA realmente tiene la capacidad de destruir empleos, la discusión de fondo es otra: ¿qué mundo queremos construir?
¿Uno en el que unas pocas corporaciones sostengan a millones de personas desplazadas del mercado laboral?
¿Vamos hacia una renta universal para mantener multitudes ociosas?

No hay nada más peligroso que un ser humano sin propósito.

Mi experiencia indica que la computarización reduce la necesidad de trabajadores con baja o mediana formación, pero exige reemplazarlos por profesionales altamente capacitados, que suelen ser más costosos. El empleo no desaparece: se transforma.

Meses atrás se anunció que los robots quirúrgicos STAR y SRT-H realizaron una cirugía de vesícula dirigida por inteligencia artificial en la Universidad Johns Hopkins. El impacto fue inmediato: ¿la medicina será una de las profesiones cercenadas por la IA?

No lo creo.

La inteligencia artificial es una herramienta formidable para la formación, la consulta y la valoración diagnóstica, pero no va a reemplazar al médico. Quienes alimentan estos sistemas deben tener conocimientos médicos. Quienes los utilizan necesitan formación, criterio y, sobre todo, sentido crítico.

La información será cada vez más abundante, compleja y contradictoria. Interpretarla exigirá dominio de estadística, capacidad de análisis y una mirada interdisciplinaria. La medicina deberá formar a profesionales capaces de adaptarse a estos cambios vertiginosos.

Hay algo que la IA no puede ofrecer: empatía.

El tiempo que nos ahorre debería servir para entender mejor al paciente, mejorar la comunicación y fortalecer la relación médico-paciente. La confianza, la contención y la explicación personalizada siguen siendo insustituibles.

No es lo mismo hablarle a un trabajador rural que a un ingeniero. No es discriminación: es comprensión del contexto cultural, del lenguaje y de las expectativas del otro.

Los pacientes no quieren respuestas binarias de una voz metálica. Quieren explicaciones, acompañamiento y seguridad. Y eso sigue siendo un acto profundamente humano.

Dicen que la medicina es el oficio más antiguo del mundo.
Otros dicen que es el segundo.

No importa cuál fue el primero. Mientras exista la humanidad —en esta Tierra o en cualquier futuro imaginable—, ambos van a seguir existiendo.

Por: Omar López Mato